IV

Mientras Jaime realizaba el último examen de su vida y Sandra y los dos practicantes trataban infructuosamente espiar lo que hacía el doctor con los oficiales en el laboratorio, un hombre caminaba por una gran autopista en las afueras de B***. Era un campista e iba ataviado con todo lo necesario para acampar. Su meta era llegar a una represa ubicada a hora y media, en carro, de B***. Estaba caminando desde la madrugada y sería uno de los pocos habitantes de la ciudad que no se emborrachó la noche anterior. 

Su nombre era Diego Camacho e ir a la represa el primero de enero de cada año, su ritual. 

Hacía cinco años realizaba este mismo recorrido en esa fecha. Esta era su forma de conmemorar a su mujer quién murió en la represa un primero de enero, cinco años antes. Diego siempre se culpó por lo ocurrido con Diana, su esposa. Desde la universidad, ellos eran amantes del campismo y el aire libre. Cada vez que su economía de estudiantes lo permitía, organizaban excursiones a diferentes sitios exóticos del país. Muchos de sus compañeros de clase se unían y por eso siempre eran un grupo numeroso. En una ocasión, él y en ese tiempo su novia, Diana, hasta tuvieron sus quince minutos de fama en un programa cultural promoviendo el campismo e invitando a la gente a visitar los lugares mas recónditos de este bello país. Sus amigos y conocidos se referían a ellos como el “equipo Doble De”. Sin embargo, al terminar los estudios y casarse, las salidas comenzaron a menguar, hasta desaparecer del todo. Los viejos amigos estaban ocupados con nuevas familias e hijos y el programa de televisión en el que aparecieron una vez, hacía mucho tiempo se encontraba fuera del aire. 

Tres años antes del accidente, Diana propuso a Diego recordar viejos tiempos y recibir el año nuevo en la represa. Diego no podía estar más de acuerdo con la idea. Quiso llamar a sus viejos amigos, comentándoles el plan, pero ninguno estuvo de acuerdo con la idea. El tiempo de locas aventuras pasó, le dijeron. Todos tenían una familia para recibir el año nuevo y no podían, por más que querían, salir a acampar un fin de año. Quizás para otra ocasión... 

Diego no se descorazonó por la negativa. Una parte de él deseaba que sus viejos amigos se negaran. Él no quería que exhibieran a sus hijos como trofeos de madurez ante ellos. Hacía mucho tiempo él y Diana sabían que no lograrían engendrar hijos. Ella era estéril. Aunque al principio fue difícil, porque querían tener un pequeño integrante en la familia, poco a poco fueron acostumbrándose a la idea. Al conocer la noticia quisieron adoptar un niño, pero quedaron desalentados al ver el papeleo que solicitaban en Bienestar. Sin embargo, realizaron todo lo que querían, pero su solicitud no fue aprobada. 

- No importa, - había dicho ella. 

Pero a él le destrozaba el alma ver la expresión en la cara de Diana mientras decía aquellas simples palabras. Por eso la negativa de sus amigos era lo mejor que podía ocurrirle.

Pasaron un agradable tiempo en la represa. Asaron carne, pasearon en bote, jugaron, fueron de excursión por el bosque circundante, pero sobre todo disfrutaron del contacto con la naturaleza y el compartir momentos y experiencias únicas que la ciudad no podía ofrecerles. Lo disfrutaron. Hacía tanto tiempo que no salían de B***, que olvidaron lo que se sentía estar afuera. 

- Pasemos aquí todos los años nuevos, - le dijo Diego al emprender ellos el regreso a la ciudad. 

Y ella no podía estar más de acuerdo con la idea.

Repitieron esta salida durante tres años más, hasta aquel fatídico primero de enero, hacía cinco años. El treinta y uno de diciembre realizaron los paseos y prácticas que formaban parte del ritual. Todo transcurrió normal y después de recibir el año nuevo y brindar el uno por el otro, fueron a dormir a la carpa. Lo siguiente que recordaba Diego de esa noche era un atronador rugido, un dolor impresionante en todo su cuerpo y olor a dióxido de carbono, además del descomunal grito de Diana que todavía, cinco años después, seguía retumbando en sus oídos con la misma intensidad. 

Despertó tres días después en un hospital de B***. 

Tenía ambas piernas fracturadas, triturado el brazo derecho y un par de costillas destrozadas, entre otras magulladuras sin mayor importancia. Pero eso era todo. Un grupo de muchachos que, como ellos, habían acampado en la orilla de la represa, se pasaron de tragos y decidieron ir a B*** en busca de niñas para calmar su apetito sexual alborotado por la cantidad de alcohol ingerido. El que manejaba no vio la carpa de color verde oscuro, en la que estaban durmiendo Diego y Diana, y los arrolló...

 

Y ahora, Diego caminaba en dirección a la represa, con los dientes bien apretados, sin dejar de pensar en su mujer y en los cuatro idiotas que ni siquiera estuvieron presos dos días, porque sus adinerados y bien posicionados papis los sacaron de la estación de policía en menos de veinticuatro horas, retirando por demás todos los cargos contra ellos. Culparon a Diego y Diana por ubicar su carpa en medio del camino...

 En medio del camino... ¡Si la carpa se encontraba a orillas de la represa y el camino la bordeaba a unos cien metros! En vano Diego quiso demostrar lo contrario. Era la palabra de un profesional cualquiera de clase media, contra la de un doctor ubicado en las esferas gubernamentales. Intocable, tan sólo para los de su propia clase. 

Cuando por fin Diego comprendió que no había posibilidad de justicia, cesó en su búsqueda. El dolor que sentía en el alma se convirtió en odio y eso era lo que lo alimentaba y permitía seguir viviendo durante estos cinco años sin su mujer. 

- En otra ocasión... - Prometió mentalmente a los muchachos Diego y ahora, mientras avanzaba a buen ritmo a la represa, seguía siseando entre los dientes apretados, repitiendo sin cesar, hasta que la frase se convirtió en un monótono sonido sin sentido, pero que aumentaba su sed de venganza y desbordaba su dolor:

- ...enotraocasiónenotraocasiónenotraocasiónenotraocasión... - Y seguía avanzando.

No hacía caso a los pocos carros y automóviles que pasaban de largo ese día. Podía parar un auto y pedir que le llevarán a su destino, como acostumbraban muchos otros campistas que tan sólo se limitaban salir caminando de B***, y después seguir su camino a punta de dedo. Pero esto le quitaría el sentido a la caminata. El sentido radicaba en llenarse de odio durante el recorrido y después, cuando su pecho estaba a punto de estallar y la cabeza le daba vueltas, convertirlo todo en un agónico sentimiento de dolor que podría ser expulsado únicamente frente a una pequeña cruz, ubicada a un lado de la represa. Un simbólico pedazo de madera, que representa el sitio de muerte y destrucción; un sitio, donde otro ser perdió su vida. 

De repente, el sonido de neumáticos quemando el asfalto y un chirrido metálico acompañado de una explosión le hizo salir de su meditación. Miró al otro lado de la vía y vio que salía humo de la zanja que estaba en medio. Por primera vez en cinco años, dejó de lado la rutina del primero de enero, para averiguar lo que ocurría y ver si podía ayudar. Atravesó con cuidado los cinco carriles de la autopista hasta llegar a la zanja. 

Vio un automóvil con la parte delantera hundida hasta la mitad en el fango de la zanja. Una figura femenina se veía recostada, inerte, sobre el timón. No daba ninguna señal de vida. Diego no lo pensó dos veces. Con movimientos rápidos y bruscos, soltó de golpe el morral que llevaba, sin preocuparse por el contenido. Saltó en la zanja y de inmediato sintió como el barro y el agua sucia penetraban en sus zapatillas deportivas. Tardó un poco en llegar al carro; el barro estaba tan espeso que le dificultaba el movimiento y parecía querer tragarse tanto al automóvil con su ocupante, como al insolente ser que quería dejarlo sin presa. Afortunadamente, las puertas delanteras del carro no estaban bloqueadas por el barro y Diego puedo sacar sin problemas a su ocupante. Era una mujer de unos treinta años y presentaba un corte un poco profundo en la frente. Tenía puesto el cinturón al salirse de la vía y esto, quizás, le salvó la vida. Se encontraba inconsciente, pero su respiración y pulso eran normales, según lo pudo constatar Diego. Con dificultad, sacó a la mujer del barro y la depositó con cuidado a un lado de la vía. Intentó en vano parar algún vehículo para pedir ayuda, pero ninguno de los que pasaron hizo caso a su desesperado intento. 

Diego trató de pensar. Tenía que llevar a esta mujer a un hospital, o llamar a una ambulancia. Decidió chequear el carro, quizás la mujer llevara un celular. De nuevo regresó al vehículo. En su interior encontró, además del bolso de la mujer, un mapa del país, un botiquín de primeros auxilios y un neceser de maquillaje desparramado por el frente. No tuvo que pensar mucho para entender el motivo del accidente. Sonrió amargamente, pensando que la vanidad llevó a más de uno a finales trágicos. Recogió el bolso y regresó al lado de la mujer. Esta todavía no había vuelto en sí. Diego utilizó la gasa y un antiséptico para curar la herida de la mujer lo mejor que pudo y después se dedicó a revisar el contenido del bolso. Entre otras cosas, encontró la billetera y un diminuto celular que estaba sin batería. Quedaba descartado tratar de pedir ayuda por teléfono. Revisó la billetera. Encontró lo que buscaba y pudo saber que la señora se llamaba Gloria Estela Pinzón Vargas, nacida un 30 de junio de 1960 en la ciudad de B***. Pero esto no le ayudaba a la situación. ¿Qué demonios hacer?, se preguntó Diego y entonces, como si alguien le escuchase, un carro de policía de carreteras frenó bruscamente a su lado y, mientras uno de los oficiales bajaba para reconocer la situación, el otro pedía una ambulancia a la base por la radio. 

- ¿Qué ocurrió? - Preguntó el primero.

La imagen del neceser desparramado sobre el parabrisas pasó por la cabeza de Diego, pero se limitó a mover negativamente la cabeza:

- No lo sé, oficial. Yo caminaba por el otro lado, cuando escuché el totazo. Entonces vine a ayudar. Ella, - señaló con la cabeza a la mujer, - estaba en el carro, así que la saqué. 

El oficial se reclinó sobre la mujer.

- Parece que está bien. - Dijo en voz baja, como si temiese despertarla. Miró el tosco vendaje que improvisó Diego. - ¿Es muy profunda la herida? 

- Un poco.

- La ambulancia viene en camino. Esperemos que ella no tenga nada grave. - Sacó a relucir una manoseada libreta. - ¿Cuál es su nombre?

- Diego Camacho. 

- ¿A qué se dedica?

- Soy ingeniero de sistemas.

- ¿Dónde reside?

- En B***.

El oficial le miró con sorpresa. 

- ¿Qué hace en la carretera, fuera de la ciudad, un primero de enero, hombre? - Preguntó sin poder disimular la sorpresa. - Además de ese, - señaló con la cabeza al carro metido en el fango, - yo no veo ningún otro. 

Diego explicó con paciencia lo que hacía en la carretera.

- ¿Y su equipo?

Diego recordó que dejó su morral al otro lado de la zanja y así se lo hizo saber al oficial. La verdad, estas preguntas ya le empezaban a hastiar. Esto parecía más un interrogatorio que simples preguntas de rutina.

- Mire oficial, - dijo Diego con aplomo. - Creo que ustedes ya tienen todo bajo control, así que seguiré con mi camino.

El policía sopesó la idea. Quería llevarse a ese campista como posible sospechoso. Sabía de peatones idiotas que, si no se hacían matar, provocaban accidentes espectaculares por no fijarse por donde iban y por atravesarse a los carros. Pero este tipo no parecía de esa clase. Algo en el semblante de ese hombre ataviado con ropa deportiva no correspondía a la apariencia de un idiota. Sin embargo, así como existían idiotas con cara de brutos, también con cara de inteligentes...

- Mire, déme sus datos para localizarlo en caso de necesidad... - Se interrumpió al escuchar a lo lejos el ulular de la sirena de la ambulancia. - Ya llega... - Dijo con alivio.

Diego le suministró gustoso sus datos, mostró su cédula al ver la sospecha pintada en el rostro del policía, se despidió y, después de lanzar una última mirada a la mujer que había salvado, cruzó de nuevo la zanja en busca de su morral.

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